NANI F. CORES

  • El Palacio de Gaviria acoge hasta el 12 de abril la exposición 'Brueghel. Maravillas del arte flamenco'.
  • Reúne un centenar de obras de esta saga que marcó la historia del arte europeo en los siglos XVI y XVII.

Baile nupcial al aire libre, Pieter Brueghel el joven (1610).

El clan de los Brueghel no es precisamente un desconocido entre los amantes de la pintura en Madrid. Varias obras de esta familia de artistas forman parte de la colección del Museo del Prado: El triunfo de la muerte, de Pieter Brueghel el Viejo; Construcción de la Torre de Babel de Pieter Brueghel el Joven, o la alegoría de El Gusto, pintada por Jan Brueghel el Viejo mano a mano con Rubens, son solo algunas de las joyas que los visitantes de la pinacoteca pueden disfrutar cualquier día del año.

Pero para aquellos que quieran profundizar en una de las dinastías más productivas y longevas de la historia del arte llega estos días al Palacio de Gaviria Brueghel. Maravillas del arte flamenco, que no solo disecciona el trabajo de todos los miembros de este clan - que prolongó su reinado durante cuatro generaciones- sino también de sus mas estrechos colaboradores. "No hay que sorprenderse de que muchas de estas obras estén firmadas por múltiples manos. Los Brueghel pueden considerarse unos precursores, como una especie de Factory flamenca", dice su comisario Sergio Gaddy en alusión a la popular factoría neoyorquina de Andy Warhol.

Desde el bisabuelo a los biznietos, esta familia de pintores holandeses hizo del apellido Brueghel un codiciado sello de estilo y buen gusto en la Europa de los siglos XVI y XVII, que supo mantener su reputación durante más de ciento cincuenta años. El primero fue el padre, Pieter Brueghel el Viejo (1525-1560); al seguirían sus hijos, Pieter y Jan, más tarde el nieto Jan y, por último, los biznietos Ambrosius, Jan Peter y Abraham.

"Los hijos siguen los pasos marcados por el padre pero la fama de éste se multiplica con el trabajo de sus herederos, que trabajan sus mismos temas y los dan a conocer más allá del pequeño círculo inicial, en ese sentido puede considerarse un trabajo colectivo. La repetición de temas y estética de los hijos y nietos son una seña de identidad de la época. La fidelidad a la tradición es importante para la familia", añade Gaddy.

La muestra, que ya ha podido verse en Roma, París o Tel Aviv y varias ciudades japonesas como Tokio, Sapporo, Toyota o Hiroshima, reúne hasta el 12 de abril de 2020 un centenar de piezas organizadas temáticamente que, según sus organizadores, son: "una muestra admirable de la Holanda del siglo XVII pero al mismo tiempo reflejan los temas universales de la historia de la humanidad como la honestidad, la caridad pero también la codicia o la hipocresía, a los que todavía se enfrenta la sociedad contemporánea".

El recorrido arranca con la trayectoria de Pieter Brueghel el Viejo, que inició su formación en el taller de Pieter Coecke van Aelst y pronto descubriría su fascinación por la obra de El Bosco. Además, hace hincapié en la revolución estética que supuso poner el paisaje en el centro en la pintura flamenca. "El hombre sigue presente, pero ya no es el centro, esto supone una novedad en una época en la que en Italia, artistas como Miguel Ángel o Rafael, tenían el cuerpo como absoluto protagonista", señala Gaddi.

En obras como La resurrección o El juicio final hizo suyo el tema del juicio moral, la salvación y la condena, populares en una época en la que el duque de Alba, enviado por Felipe II, se dedicó a obtener la conversión forzosa de los protestantes.

La segunda sección, La reina Naturaleza, incluye obras de Jan Brueghel el Viejo (1568-1625), su hijo menor y principal continuador en un tipo de obras que expresaban la limitación humana frente a la naturaleza. "El ser humano es insignificante frente a la naturaleza, ya no es protagonista", dice el comisario.

Pero la fama inicial de Pieter Brueghel el Viejo se debe en gran parte a su primogénito, Pieter Brueghel el Joven (1564-1637), que aseguró la difusión de la obra paterna realizando copias de cuadros como la Trampa para pájaros de 1601. Además, Pieter hijo también produjo obra propia que atendía a aspectos más brutales de la vida con cazadores o soldados bañados en la luz invernal como se reflejan en el fascinante Aldea flamenca en invierno con patinadores.

La sala central del Palacio de Gaviria la ocupan las alegorías de Jan Brueghel el Joven (1601-1678) y de Ambrosius Brueghel (1617-1675), obras que trataban de explicar conceptos como el amor, la guerra, la paz o los sentidos humanos y que destacan, sobre todo, por la meticulosa y casi obsesiva atención a los detalles.

La Amberes del siglo XVI como centro económico del mundo occidental y ciudad de mercaderes queda reflejada en varias obras que simbolizan también el nacimiento de la llamada burguesía, la nueva clase social que llegaba pisando fuerte y reclamando sus propios encargos pictóricos. Mientras que la sala contigua está dedicada al género floral y el bodegón, muy en boga en la época por el mensaje moral que transmitían alrededor de la idea de la "vanitas", la vacuidad e insignificancia de la belleza, destinada a sucumbir al paso del tiempo.

El recorrido se cierra con una sección que desvela la capacidad de los Brueghel para retratar la cotidianidad de las clases humildes y anónimas en una serie de obras en las que predomina la mirada irónica y el acento en los placeres de la vida. "La alegría de vivir de los campesinos y los bailes se contrapone y se abre paso a la fatiga del trabajo", asegura . En ella destacan las seis tablas que dan forma a La boda campesina y uno de los cuadros estrella de la muestra: Baile de boda campesina al aire libre, de Pieter Brueghel el Joven.

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